Hace nueve años, solicite por primera vez mi permiso de conducir, un año más y casi cumplo una década. La primera vez que fui a recoger mi licencia de aprendizaje, recuerdo haber mostrado demasiada insistencia, y también recuerdo la advertencia de mi padre de que esperaba pasará ese primer examen teórico, porque el no estaba ahí para perder el tiempo. Quería tener mi licencia porque en aquel entonces una amistad me había ofrecido un trabajito de medio tiempo en su compañía de celulares, pero obviamente, aquí en Puerto Rico iba a requerir transportación si quería trabajar o hacer otra cosa de mi tiempo de ocio. Naturalmente, el tener esa primera licencia no significaba que yo podría estar delante del volante, ni que mi padre estuviera de acuerdo de que fuera una asalariada en vez de tramitar, ya de una vez, mis papeles para inscribirme al colegio y terminar las materias pendientes que me exigían para entrar en la Universidad. No obstante, ya el hecho de que mi padre hubiera accedido a llevarme ese día después de haber discutido media mañana, era un triunfo de primera batalla. Y a pesar de que, efectivamente, ese día obtuve mi primera licencia de aprendizaje, sólo está me sirvió como identificación, porque fue mucho si más de una vez logre estar al volante de un vehículo de cuatro ruedas.

Recuerdo que de carros yo no sabía nada, ni tampoco me interesaba. Y también recuerdo la enajenante repetición de que cualquier idiota podía guiar y más un carro automático, aunque para mi desgracia el único carro posible a heredar en casa era un AUDI, obviamente de transmisión estándar y velocidades, y desgraciadamente, el cual nunca llego a mi posesión, y, si a las manos de mi hermano menor, quien a los poco meses lo estrello en la esquina de casa. Pero eso ya es harina de otro costal. Ahora que el tiempo ha pasado y que los otros días tenía que pasar a recoger el título de propiedad de mi auto, se me viene a la mente la fila india interminable de personas que había en el Obras Públicas de Isla Verde, ese día hace muchos años atrás. La fila llegaba hasta afuera en los jardines donde por desgracia pise un hormiguero, sin darme cuenta, y un par de insectos enfurecidos hicieron ver mi suerte cuando comencé a sentir su ponzoña, casi o igual de amarga que los comentarios y chistes agrios que mi padre hace en la mesa cuando hablamos sobre el porque tarde tanto tiempo en ser una conductora autorizada en Puerto Rico, porque ha de saber el lector que hace tiempo que poseo una licencia de conducir que me permite guiar y rentar un vehículo en cualquier país del mundo.

Pero aquel día, yo sabía casi nada de leyes sobre el conductor en Puerto Rico, excepto que en el Expreso, en aquel entonces, uno "no" debía de exceder las 55 millas, y que cerca de casa había que irse a menos de 25 millas a razón de una escuela cercana y sus insolentes mocosos que cruzaban las calles sin mirar hacia ambos lados. Sabía, también, de antemano sobre el famoso librito para el conductor que venden en las farmacias, alguien, no recuerdo, pero quizás hubiese sido una monjita que trabajaba para la organización sin fines de lucro para la cual mi padre prestaba servicios, sin duda ella hubiera sido la responsable de conseguirme el manual para guiar en la Isla, el cual nunca consulte hasta ese mismo día.

Esperando mi turno, mientras estudiaba y me metía en la cabeza todas aquellas posibilidades de la cuales pudiera ser objeto de una multa, ya fuera por exceso de velocidad o por no respetar alguna señal, en mi mente divagó la historia de un chofer de camiones que llevaba operando su vehículo ya por más de treinta años y que al igual que yo se encontraba ese día en la sala de examinación en un intento fallido por obtener su licencia de aprendizaje. Qué ironías, pobre hombre, a él si que le habían puesto una mega multa por ser un conductor no autorizado, pero que sin embargo, tenía toda la experiencia práctica para serlo, su gran fallo en la vida fue el haber fracasado más de una vez el examen teórico por ser un iletrado, según el expresó con cierta confidencia a los ahí presentes . Y ahora que lo pienso se conjugaron presente y pasado, y después de haber llenado circulitos mientras que aquel chofer se jugaba la loto entre a, b, c y d y posiblemente todas las anteriores, yo con una sonrisa intelectualoide salía del lugar a firmar mi licencia de aprendizaje, la cual renovaría una y otra vez cada dos años por cierta incapacidad mía de no poder aprobar el dichoso examen práctico en los años venideros. En Puerto Rico para ser un conductor autorizado hay que presentar un examen teórico y uno práctico. La aprobación del examen teórico simplemente te da licencia de guiar el auto acompañado de un adulto en cuestión con licencia ya aprobada, situación que pocas veces pude aprovechar. Fueron contadas con los dedos las veces que mi padre me permitió guiar su Land Rover, a lo mucho dos, ni se diga la Jeep, cuatro veces en el verano después de humillarme y hacerle una serie de favores a mi "hermanastro" y las más cuando mi mejor amiga se atrevía a tomar el riesgo de verme al volante de su flamante auto negro del año.

En casa siempre se ha dicho que todo fue cuestión de elección, que yo siempre antepuse mis viajes antes de querer tener mi propio carro. Lo cierto es que a ello se suman un montón de factores alternos, entre ellos: el de ser extranjera, el de no vivir en casa y vivir próxima a la universidad, lo cual dificultaba que se me prestara el auto, además de que entonces si que no había necesidad porque podía caminar y era más saludable. Por otro lado, el haber fracasado el examen practico después de haber pagado las lecciones, en más de cuatro ocasiones, dejaba mucho que desear, incluyendo el hecho de que en casa a mi hermano no le convenía que existiera otro conductor autorizado, porque entonces tendría que compartir la sucesión de autos que pasaron por sus manos; y añádase a la lista tantos otros como: el número de veces que invertí mi dinero todo por estar del otro lado de la charca o la infinidad de veces que conté con una amistad o novio siempre dispuesta a llevarme y traerme de un lado para otro. Porque en ese sentido, puedo decir muchas de ellas y ellos fueron condescendientes hasta el grado de sacrificar su propio tiempo. Ahora, también, nunca falto quienes insistieron y dieron ese último empujón para que tomara de vez en cuando una determinación y volviera a intentar presentar el dichoso examen de nuevo. Debo tener una colección algo amarillenta y vieja de todas la tarjetitas de Escuelas de Conducir que las amistades me hacían llegar.

Fueron muchos los inconvenientes que postergaron ese momento que algunos les llega en plena adolescencia. A veces me pregunto como alguien como yo, que siempre se ha destacado por estar en movimiento pudo vivir con ese freno, no obstante hago una pausa para señalar que soy firme creyente que si se apreciase bien el otro lado de la moneda, se observaría que todo ello me dio una independencia aún mayor en muchas otras áreas y que no dependo absolutamente del carro como tantos otros que conozco que dejan de hacer las cosas porque ya se les descompuso el auto o porque están tan cansados del tapón diario, las probabilidades de accidentes en la carretera, el problema de parking, y la pésima planificación de las vías alternas del sistema de trasportación público.

Pero no fue hasta el verano de 2007 cuando, finalmente aprobé el examen práctico de guiar en Puerto Rico y ahora que poseo un vehículo de motor, que a diferencia de muchos puedo afirmar que prefiero ser usuaria de una guagua o tren, como muchas otras personas que alguna vez en su vida han vivido en alguna metrópoli y están igual y doblemente convencidas de ello.

Ahora bien, hace más de cuatro años que poseo una licencia para guiar aprobada en México, y hace diez aprobé ese primer examen teórico que me autorizaba a guiar con alguien en Puerto Rico. Mi primera licencia de conducir la obtuve en México, marzo de 2005. Y no me presento ningún problema obtenerla, además de que me permite conducir en cualquier país del mundo con leyes de tránsito parecidas, con ella hace tiempo que podría haber estado guiando aquí en la Isla. No obstante las circunstancias de su obtención fueron totalmente distintas. En México, dado a la cantidad infinita de ciudadanos hace tiempo que dejo de existir eso del examen práctico además fue una de las mejores medidas determinadas por el gobierno de turno como solución a la corrupción existente en el sistema, y es por ello que en mi último viaje a mi país de origen obtuve mi licencia permanente en el momento mismo que firme un relevo de responsabilidad donde aseguraba conocía las leyes de tránsito y donde establecía yo era la única responsable de causar cualquier accidente a razón de mi propia negligencia y falta de precaución.

En cambio, aquí en Puerto Rico tuve que transitar dos veces la zona de Mayaguez, Isla Verde y finalmente Toa Alta para obtener mi licencia. Yo no me considero una mala conductora, quizás si muy poco experimentada y con una tendencia a exaltarme y estar nerviosa bajo la supervisión de un total desconocido. La primera vez que presente el examen, todo fue bien hasta el momento final de no hacer un tercer pare de precaución, al no divisar vehículo lo seguí de continuo y ello me costo los puntos del examen. La segunda vez, no cuenta para mi, el examinador al reconocer mi rostro no quiso evaluarme porque apenas una semana previa me había reprobado. La tercera vez en Isla verde, ahí si, confiesó haberme llevado un conito, pero como no, si nadie me prestaba el carro para practicar. Finalmente en el área de Toa Baja, fue que vine a obtener mi licencia ante el gruñido y mala cara de una examinadora amargada que me advirtió sobre el uso de la bocina, ya que aligere la marcha y cambie de carril al existir un vehículo bloqueando la entrada de la zona donde debía estacionarme, afortunadamente, ello no detrimento mi calificación y obtuve mi añorada licencia.

Ahora el hecho que tuviera licencia no significaba que tuviera la posibilidad de guiar. A ello siguieron meses hasta que finalmente tuviera mi carrito. ¡Oh, sí! Actualmente, estoy "al volante" y ya no me cabe duda si llorar o reír. Soy titular de un auto blanco de cuatro puertas con vestiduras interiores azules y con más edad de la que yo tengo de haber obtenido mi primera licencia de aprendizaje. Por fuera luce, de lo mas bien, para quien como yo no sabe cual es el auto de moda, ni el más cotizado, ni se agobia ante ese aparente materialismo. Eso si tuve que optar por perder mis hermosas uñas, porque todas las mañanas me rompía una jugando con los seguros de la puerta, que ya abren y cierran al gusto del momento, hay días que no me queda de otra que terminar abriendo la puerta del copiloto para entonces abrir la puerta principal, y eso sí no debo dejar que se le acabe la gasolina a más de la mitad del tanque para poder continuar circulando su marcha por este 100 x 32.

En cuanto a todo lo demás, desde el primer día circulo libremente entre Dorado , San Juan y viceversa aventurándome una que otra vez en Guaynabo y Bayamón, este último destino con las ganas de no volver jamás, ni circular su interminable ruta número 2 a la hora del tapón. También subo y bajo por el Expreso o la Av. Kennedy todos los días y siempre me desvió por donde no debo terminando en Santurce, o en Condado, por eso de regreso, a veces terminó y recurro a preferencia a la 165 porque es menos estresante que cualquier otra vía principal. Igual y como todos los ciudadanos de esta Isla me lamento, todos los días, la falta de parking frente al trabajo pero que más da cuando a cinco cuadras encontré un lugarcito que hace esquina con un restaurante chino, donde todos los días un señor ya anciano y de ojos rasgados me repite que tengo que practicar estacionamiento y en caso de que no lo haya hecho bien, me hace maniobrar con el auto entre señas y otros hasta enderezarlo a su gusto, lo cual agradezco porque al menos me asegura que de regreso todavía voy encontrar mi auto.

En fin, estoy al volante, quién lo pensaría después de todo este tiempo…