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La Coctelera

Pocos números de teléfono he logrado guardar en la memoria, no hay necesidad, ventaja que ofrece la telefonía celular. Los pocos que me sé, los repito en mi memoria, estos son representación de seres que en algún momento particular fueron receptores particulares del repicar de mi voz. No se si sean los tiempos, y el murmullo del mar que se filtra con la brisa y transmite su angustia al insomnio, pero éste decidido despierta mis horas de sueño aletargado que a veces lloroso reclama retornar a su mundo inventado donde aún el esbozo de tu sombra, su sombra, ésta y aquélla otra de mi presente responden al primer eco de mi llamado.

Es casi media noche, hora acostumbrada, ya hace muchos años atrás, de largas e interminables conversaciones que fueron. Marco el teléfono y la misma historia de siempre, a lo lejos el ruido de un contestador automático. Olvido esa primera llamada y su intención, y en un impulso cambio de idea y en vez de llamarlo a él, oprimo la combinación de números aprendida hace tantos años atrás. Existe poca o nula oportunidad seas tú la persona del otro lado del auricular.

-¿Cuántas veces te llame, de cuantas ciudades y países distintos?- pensé y evoqué. Por un momento, aprecie el recuerdo fijo de la ciudad amurallada de Urbino y la emoción de recibir llamada tuya; pensé en mis veranos Sicilianos que impidieron en más de una ocasión llegar a tiempo para tú aniversario, pero aún así, la memoria y el recuerdo repitieron en mis adentros , nunca olvide llamarte. Además de una fila interminable de postales, también, estuvieron mis llamadas; entonces, recordé el pequeño cuarto de Nueva York donde a razón de conocerme bien te pedía insistente al teléfono me visitaras y te repetía que la soledad no era la mejor de las compañías. Todavía hoy, no dejo de creer que si tan sólo alguna vez tus impulsos ganas te hubieran llevado a acompañarme en mis viajes que sin desearlo voluntaria acrecentaban la distancia y también el resentimiento, aún hoy podrías sostener mi mirada sin huir malhumorado. Me sé culpable pero te sé cómplice.

Ante el encuentro y un azar misterioso coincidimos no hace mucho, mira que es caprichoso el destino, por casualidad te vi, y a pesar de conocer bien tu acto de ilusionista en escape dudaste por un segundo y te detuviste en seco en el momento que te salude. También dudaste en darme tú número cuando mi mirada suplicante insistió. Fue algo impulsivo y pienso lógico, sostenías un portátil en tu mano izquierda, cualquier otro hubiera preguntado. Pero, a ello le siguió una despedida fatal, las mismas palabras hirientes de siempre y un nunca entiendes. En efecto, y a pesar de todo, a sabiendas desde aquél mal encuentro que transitas por este mundo, con un portátil cuyo número todavía hoy me es desconocido, esta noche de oleaje turbo e inquietante decido llamarte recordando la conjugación de sietes entre la posibilidad de un quizás.

Para mi sorpresa y desilusión una voz conocida responde, y a amena conversación sigue la respuesta de tu ausencia. Deseaba tanto hablar contigo, quizás tanto como cuanto espero en mi presente el regreso de su llamada. Es mejor así, todo fue intención sin más consecuencia que la del recuerdo de un pasado que algunas veces se esconde y otras se evoca. No se trata de otro que un inevitable que pesa en la balanza los tiempos y de vez en cuando equipara vivencias de símiles con cierto aire de parecido.

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