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La Coctelera

La soledad es un prerequisito para la poesía pura. Cuando alguien invade la vida del poeta (y cualquier contacto personal, ya sea en la cama o en el corazón, es una invasión), este último pierde el balance por un momento, resbala y cae en su cuerpo, y termina usando su poesía como usaría el dinero o la simpatía. La persona que escribe la poesía tentativamente emerge de su concha como cangrejo hermitaño. Por ese breve instante, el poeta deja de ser un hombre muerto.

Por ejemplo, no pude completar la última carta que te escribía sobre los sonidos. Eras como un amigo en una ciudad distante al cual de repente no le podía escribir, no porque cambió la madeja de mi vida, sino porque repentinamente, temporeramente, no estaba en la madeja de mi vida. Y no te podía hablar del tema porque tanto éste como yo éramos momentáneos.

Hasta los objetos cambian. Las gaviotas, el verdor de la mar, los peces— se convirtieron en cosas que se truecan a cambio de un sonrisa o el sonido de una conversación— contadores en vez de objetos. Nada importa que no sea la gran ficción de lo personal— la ficción en que los objetos no creen.

En ese instante dije. Puede durar un minuto, una noche, o un mes, pero te prometo que siempre vuelve la soledad. El poeta enquista al invasor. Los objetos vuelven a sus tableros, silenciosos y solemnes. Vuelvo a comenzar una carta sobre el sonido de un poema. Y esta cosa inmediata, esta aventura personal no se hará parte del poema, como lo hacen las olas y los pajaros. En el mejor de los casos, aparecerá en un patrón hermoso de grietas que se forma en algún poema donde la autobiografía destrozó, pero no destruyó la superficie. Y la emoción enquistada, en cambio, se hará el objeto y se hará parte del poema como las olas y los pajaros.

Y volveré a ser tu camarada especial.

Con amor,
Jack

1 comentario

  1. flor_deloto

    Cómo me gusta el sonido de un poema!
    Beso.

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