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La Coctelera

En tranze regresivo,  soñe que corría  al estanque de agua para ver si podía abrir uno por uno los contenedores de secretos donde atrapados habian quedado los sueños y las notas con las que mi niña viento jugaba.  Estaban abiertos y algo oxidados. De regreso algo meditabunda me entretuve en el jardín siguiendo un escarabajo negro, mientras por una grieta, sigilosa desaparecia la  cola de un lagartijo y un puñado de hormigas se arremolinaban devorando las hojas. En introspección pensé  y reconstruí los arquetipos del silencio y las alteraciones que mi oido atento percibío a lo lejos. Nuevas melodías, nuevos tonos de una condensada armonía, invadieron el entorno. Cerre los ojos y suspire al pensar en los acordes aprendidos y que Eolia pulsaba con su pequeña mano izquierda, mientras que con la derecha emitía  un dulce arpejeo encriptando la clave que ayer buscaba en las escaleras.  El quiebre producido por el espacio del silencio, sólo asusó el cromatismo de mi cuento superando la barrera del cliché.

Eólia sonrio. Sin saber cómo y cuándo mis oidos escucharon finalizada la narrativa de esa primera opera cuyo olor y aroma se encaramó en las  encaranubladas nubes.

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